Aterrizamos en Lima pasada la medianoche. Al ir a recoger los petates, nos quedamos con el chasco de ver que por la cinta transportadora sólo aparecen el de Iván y el mío. No somos los únicos infortunados, pues otros cien pasajeros se han quedado sin sus maletas. Todos los afectados empezamos a reclamar en un exiguo mostrador, atendidos por dos empleados encorsetados en una gabardina azul. Nos indican que habremos de esperar al siguiente vuelo, el de las once de la mañana, para recuperar los petates. La turba enfurecida, espoleada por Iván y Juan, a punto está de prenderle fuego al aeropuerto.
Excitados por el alboroto pero cansados por el viaje, nos vamos en taxi para el hotel Sipán, en el barrio bien de la city, Miraflores. El hotel, pequeño, posee unas habitaciones fabricadas en módulos de madera dispuestos en el patio ajardinado que hay en la parte posterior, en dos de las cuales nos alojamos.
Nos despertamos a las ocho de la mañana, tras haber dormido cuatro pedazo de horas y con el cuerpo aún no adaptado al horario local a consecuencia del jet-lag. Tras el desayuno continental —café y tostadas— servido amablemente en el pequeño comedor frente a la recepción del hotel, vamos al aeropuerto a recuperar los petates. Llegamos antes de las once, por lo que otros engabardinados empleados nos dicen que el vuelo proveniente de Caracas está al venir y que tengamos un poco de paciencia y esperemos. Afortunadamente recuperamos los tres bultos que faltaban. Un limeño que también sufrió la pérdida de su equipaje, nos comenta que "con Aeropostal siempre pasa lo mismo". Y cuánta razón tenía —como comprobamos al regreso a Madrid, cuando cuatro de los cinco equipajes tardaron casi una semana en retornar a sus dueños.
Volvemos al hotel a dejar nuestros sufridos petates para a continuación ir a la estación de autobuses Ormeño, donde compramos los billetes para Huaraz, ciudad situada a 400 kilómetros al norte de Lima, la Chamonix andina, punto de referencia y partida de toda la actividad montañera en la conocida y masificada Cordillera Blanca. Nos cuestan los billetes cincuenta soles (quince euros) por persona —el regreso lo haremos con la empresa Cruz del Sur, en los confortables asientos cama de un moderno autobús, al precio de cuarenta soles.
Comemos cerca de la estación de autobuses, en un restaurante humilde, acompañados por los encamisados empleados de un grande y moderno edificio de oficinas que está al lado; otros lo hacen en puestos ambulantes a pie de calle y con un coche por asiento. El american way of life campa por esta zona de la ciudad.
Después de comer, cogemos un taxi para visitar el centro histórico de Lima, la Plaza Mayor. En Perú, casi todas las plazas centrales o mayores de las ciudades se denominan 'Plaza de Armas' —aunque no sea el caso de Lima—, debido al uso militar que les dieron los españoles durante la época colonial. También cambiaron, de manera radical, la arquitectura, destruyendo el patrimonio autóctono y no teniendo en cuenta la alta actividad sísmica de la zona. Reasentaron a las comunidades andinas en nuevos centros urbanos, con el fin de tener controlada a la población, ubicados en lugares como confluencias de ríos, vulnerables frente a riadas y deslizamientos de tierras. La arquitectura incaica, cuidadosa con los emplazamientos y haciendo uso de materiales y técnicas de construcción que minimizaban los daños provocados por los terremotos, dio paso a una arquitectura colonial hispánica para nada adaptada a seísmos, con casas a veces de dos pisos y con pesados tejados, próximas unas a otras, alineadas en calles estrechas, ideales para sepultar personas en caso de derrumbamientos. Esto ha tenido devastadoras consecuencias hasta épocas recientes, como pasó con el terremoto de 1971, donde diez mil personas dejaron sus vidas aplastadas entre los escombros.
En un extremo de la plaza hay una estatua ecuestre de Francisco Pizarro —el que fundara la ciudad, también conocida como Ciudad de los Reyes, en 1535— y a otro lado, la Catedral, reconstruida tras el terremoto de 1746 sobre el edificio original de 1555. Aquí reposan los restos de Pizarro, el conquistador de Perú.
Vamos después a dar una vuelta alrededor de la plaza y nos sorprende la masiva presencia de policías en las calles. El camarero de un bar nos explica que tanta vigilancia es debida al aumento de la delincuencia por el desempleo.
Regresamos al hotel a recoger los petates para después ir a la estación de autobuses. Nos lleva un taxista muy simpático con el que nos reímos mucho. Según él, hay una relación entre la forma de pronunciar el gentilicio y la virilidad del que lo pronuncia. Así que, en broma, acordamos que a partir de ahora pronunciaremos “españoles” con voz ruda y profunda, no vaya a ser que alguno intente cogernos.
Sale el autobús a las diez y media y nos quedan por delante ocho horas de carretera y un puerto de 4100 metros de altitud que cruzar. Me dormiré al principio, pero después, en las numerosas curvas que permiten alcanzar el puerto, entraré en un duermevela pensando, primero, que el autobús va a despeñarse por el oscuro precipicio y segundo, que el mal de altura va a cogerme durmiendo desprevenido, asfixiándome indefenso en mi primer contacto con las elevaciones peruanas.
jueves, 7 de mayo de 2009
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