sábado, 14 de mayo de 2022

El matrimonio, según Unamuno

 


Porque es de saber, antes de proseguir nuestro relato, que los matrimonios pueden ser inductivos o deductivos. Ocurre, en efecto, con harta frecuencia, que rodando por el mundo se encuentra el hombre con un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no halla mejor medio de salir a flote que no sea haciendo suyo el garboso cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que lo tiene. He aquí un matrimonio inductivo. En otros casos acontece que al llegar a cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le falta, y, sintiendo que no está bien que esté el hombre solo, se echa a buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por sensación de carencia se le revela. Busca mujer, entonces, y con ella se casa en matrimonio deductivo. Todo lo cual equivale a decir que, o ya precede la novia a la idea de casarse, conduciéndonos aquélla a ésta, o ya el propósito del casorio nos lleva a la novia.

Amor y pedagogía. Miguel de Unamuno. 1902.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Por qué me gusta madrugar estando de vacaciones...

Pues por vivencias como esta, de Sara Maitland:

Salía a pasear cada vez más temprano. Al alba, igual que en el crepúsculo, sobre todo en los meses de verano, el viento amaina y todo está en calma cuando hace buen tiempo. Centré mi atención en estas primeras horas de la mañana y en la lenta llegada del día. Las estrellas se retiraban y el cielo negro se teñía de índigo. La distancia emergía de la oscuridad sin color alguno. Poco después el cielo pasaba del índigo al gris y al crema. La vista se ampliaba y se alejaba misteriosamente. La línea del horizonte separaba el cielo del páramo como una sombra. Y el cielo proseguía su variación cromática: gris crema, melocotón. Aunque el sol salía a mi izquierda, por la disposición de las montañas, siempre advertía su presencia primero a la derecha; eran los montes situados al oeste los primeros en encenderse al derramar el sol su luz sobre ellos. La transformación del cielo continuaba: crema, melocotón, blanco, azul pálido. En los páramos había muy pocos pájaros, de manera que aquel magnífico silencio no se veía alterado por su clamor insistente y alegre; sólo de vez en cuando veía algún águila cazando en las alturas, surcando el inmenso azul. A veces, el sol la iluminaba desde abajo, alumbrando de pronto las manchas moteadas del interior de las alas con un fulgor de oro rojizo. Algunas mañanas especialmente afortunadas, recibía un premio adicional: a lo largo de la noche, el valle se había cubierto de una niebla densa que no llegaba hasta mi casa, ni tampoco hasta el páramo o el extremo más alejado de la cañada, y podía admirar entonces, como si me encontrara en las alturas y fuera del mundo, el esplendor del nacimiento del día en toda su plenitud y el lento desplazamiento del lago de niebla, centelleando en la quietud del alba.

No sé si fue por lo mucho que pensaba en la creación y en la tierra, o simplemente porque vivir en silencio crea un compromiso más profundo con el entorno y el paisaje, pero lo cierto es que en Weardale la naturaleza empezó a fascinarme y a enamorarme. 

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El amanecer es un momento especial y me gusta sentirlo en esos lugares precisos.