miércoles, 4 de enero de 2023

 Actividades Culturales 2023


Sala Playback (karaoke)

https://playbackmadrid.com/


8 enero: Boccherinimúsica clásica explicada y amenizada  

https://cameratamusicalis.koobin.com/


15 enero: Concierto de Aranjuez (J. Rodrigo)

https://www.auditorionacional.mcu.es/es/programacion/excelentia-concierto-de-aranjuez-1


27 a 29 enero: Eva Yerbabuena (Flamenco, baile)  

https://www.teatroscanal.com/espectaculo/eva-yerbabuena/



12 febrero: Beethovenmúsica clásica explicada y amenizada  

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12 marzo: Schubertmúsica clásica explicada y amenizada  

https://cameratamusicalis.koobin.com/


16 abril: Bach vs. Mozartmúsica clásica explicada y amenizada  

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7 mayo: Haydnmúsica clásica explicada y amenizada  

https://cameratamusicalis.koobin.com/

sábado, 14 de mayo de 2022

El matrimonio, según Unamuno

 


Porque es de saber, antes de proseguir nuestro relato, que los matrimonios pueden ser inductivos o deductivos. Ocurre, en efecto, con harta frecuencia, que rodando por el mundo se encuentra el hombre con un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no halla mejor medio de salir a flote que no sea haciendo suyo el garboso cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que lo tiene. He aquí un matrimonio inductivo. En otros casos acontece que al llegar a cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le falta, y, sintiendo que no está bien que esté el hombre solo, se echa a buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por sensación de carencia se le revela. Busca mujer, entonces, y con ella se casa en matrimonio deductivo. Todo lo cual equivale a decir que, o ya precede la novia a la idea de casarse, conduciéndonos aquélla a ésta, o ya el propósito del casorio nos lleva a la novia.

Amor y pedagogía. Miguel de Unamuno. 1902.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Por qué me gusta madrugar estando de vacaciones...

Pues por vivencias como esta, de Sara Maitland:

Salía a pasear cada vez más temprano. Al alba, igual que en el crepúsculo, sobre todo en los meses de verano, el viento amaina y todo está en calma cuando hace buen tiempo. Centré mi atención en estas primeras horas de la mañana y en la lenta llegada del día. Las estrellas se retiraban y el cielo negro se teñía de índigo. La distancia emergía de la oscuridad sin color alguno. Poco después el cielo pasaba del índigo al gris y al crema. La vista se ampliaba y se alejaba misteriosamente. La línea del horizonte separaba el cielo del páramo como una sombra. Y el cielo proseguía su variación cromática: gris crema, melocotón. Aunque el sol salía a mi izquierda, por la disposición de las montañas, siempre advertía su presencia primero a la derecha; eran los montes situados al oeste los primeros en encenderse al derramar el sol su luz sobre ellos. La transformación del cielo continuaba: crema, melocotón, blanco, azul pálido. En los páramos había muy pocos pájaros, de manera que aquel magnífico silencio no se veía alterado por su clamor insistente y alegre; sólo de vez en cuando veía algún águila cazando en las alturas, surcando el inmenso azul. A veces, el sol la iluminaba desde abajo, alumbrando de pronto las manchas moteadas del interior de las alas con un fulgor de oro rojizo. Algunas mañanas especialmente afortunadas, recibía un premio adicional: a lo largo de la noche, el valle se había cubierto de una niebla densa que no llegaba hasta mi casa, ni tampoco hasta el páramo o el extremo más alejado de la cañada, y podía admirar entonces, como si me encontrara en las alturas y fuera del mundo, el esplendor del nacimiento del día en toda su plenitud y el lento desplazamiento del lago de niebla, centelleando en la quietud del alba.

No sé si fue por lo mucho que pensaba en la creación y en la tierra, o simplemente porque vivir en silencio crea un compromiso más profundo con el entorno y el paisaje, pero lo cierto es que en Weardale la naturaleza empezó a fascinarme y a enamorarme. 

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El amanecer es un momento especial y me gusta sentirlo en esos lugares precisos. 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Un instante espiritual

La bailoteante luz de las velas acentuaba el dramatismo de la capilla, creando una densa atmósfera en la que se podía palpar la pesadumbre de la condición humana.

En "Peregrinos de la belleza", pág. 295. María Belmonte. 

miércoles, 26 de agosto de 2009

Entre Asturias y Cantabria en moto










El 2 de agosto dejábamos atrás Madrid por la carretera de Burgos. Pasado el Puerto de Somosierra tuvimos que parar, pues el traje de verano no pudo con los 14ºC que reinaban por esa parte de la meseta. En Aranda de Duero abandonabamos la autovia, en alegre búsqueda de menores carreteras. Alcanzamos Palencia, Carrion de los Condes y Guardo. Pasado Velilla del Rio Carrión y superado el Alto de las Portillas caemos a Besande. Rosa sigue con la furgo directa hacia Boca de Huérgano y yo doy un pequeño rodeo por el Puerto de Monte Viejo. El asfalto no es muy bueno y hay gravilla, pero el entorno merece la pena disfrutarlo sin correr. En Portilla de la Reina enfilamos hacia el Valle de Valdeón, por carretera estrecha en plena montaña. En el Puerto de Pandetrave nos detenemos a contemplar la primera panorámica de Picos de Europa y, claro, Rosa tiene su primera descarga emotiva de las vacaciones. Enseguida llegamos a Santa María de Valdeón y en un kilómetro más al camping "El Cares". Es un camping pequeño, con mucha vegetación y arbolado, y por el que corre un arroyo, con una pequeña cascada medio oculta que es una delicia. Acampamos en la segunda terraza de las tres que hay en la parte alta, y es que la panorámica que se tiene desde aquí del macizo occidental es sobrecogedora.

jueves, 7 de mayo de 2009

Viaje a la Cordillera Huayhuash, III

Aterrizamos en Lima pasada la medianoche. Al ir a recoger los petates, nos quedamos con el chasco de ver que por la cinta transportadora sólo aparecen el de Iván y el mío. No somos los únicos infortunados, pues otros cien pasajeros se han quedado sin sus maletas. Todos los afectados empezamos a reclamar en un exiguo mostrador, atendidos por dos empleados encorsetados en una gabardina azul. Nos indican que habremos de esperar al siguiente vuelo, el de las once de la mañana, para recuperar los petates. La turba enfurecida, espoleada por Iván y Juan, a punto está de prenderle fuego al aeropuerto.
Excitados por el alboroto pero cansados por el viaje, nos vamos en taxi para el hotel Sipán, en el barrio bien de la city, Miraflores. El hotel, pequeño, posee unas habitaciones fabricadas en módulos de madera dispuestos en el patio ajardinado que hay en la parte posterior, en dos de las cuales nos alojamos.
Nos despertamos a las ocho de la mañana, tras haber dormido cuatro pedazo de horas y con el cuerpo aún no adaptado al horario local a consecuencia del jet-lag. Tras el desayuno continental —café y tostadas— servido amablemente en el pequeño comedor frente a la recepción del hotel, vamos al aeropuerto a recuperar los petates. Llegamos antes de las once, por lo que otros engabardinados empleados nos dicen que el vuelo proveniente de Caracas está al venir y que tengamos un poco de paciencia y esperemos. Afortunadamente recuperamos los tres bultos que faltaban. Un limeño que también sufrió la pérdida de su equipaje, nos comenta que "con Aeropostal siempre pasa lo mismo". Y cuánta razón tenía —como comprobamos al regreso a Madrid, cuando cuatro de los cinco equipajes tardaron casi una semana en retornar a sus dueños.
Volvemos al hotel a dejar nuestros sufridos petates para a continuación ir a la estación de autobuses Ormeño, donde compramos los billetes para Huaraz, ciudad situada a 400 kilómetros al norte de Lima, la Chamonix andina, punto de referencia y partida de toda la actividad montañera en la conocida y masificada Cordillera Blanca. Nos cuestan los billetes cincuenta soles (quince euros) por persona —el regreso lo haremos con la empresa Cruz del Sur, en los confortables asientos cama de un moderno autobús, al precio de cuarenta soles.
Comemos cerca de la estación de autobuses, en un restaurante humilde, acompañados por los encamisados empleados de un grande y moderno edificio de oficinas que está al lado; otros lo hacen en puestos ambulantes a pie de calle y con un coche por asiento. El american way of life campa por esta zona de la ciudad.
Después de comer, cogemos un taxi para visitar el centro histórico de Lima, la Plaza Mayor. En Perú, casi todas las plazas centrales o mayores de las ciudades se denominan 'Plaza de Armas' —aunque no sea el caso de Lima—, debido al uso militar que les dieron los españoles durante la época colonial. También cambiaron, de manera radical, la arquitectura, destruyendo el patrimonio autóctono y no teniendo en cuenta la alta actividad sísmica de la zona. Reasentaron a las comunidades andinas en nuevos centros urbanos, con el fin de tener controlada a la población, ubicados en lugares como confluencias de ríos, vulnerables frente a riadas y deslizamientos de tierras. La arquitectura incaica, cuidadosa con los emplazamientos y haciendo uso de materiales y técnicas de construcción que minimizaban los daños provocados por los terremotos, dio paso a una arquitectura colonial hispánica para nada adaptada a seísmos, con casas a veces de dos pisos y con pesados tejados, próximas unas a otras, alineadas en calles estrechas, ideales para sepultar personas en caso de derrumbamientos. Esto ha tenido devastadoras consecuencias hasta épocas recientes, como pasó con el terremoto de 1971, donde diez mil personas dejaron sus vidas aplastadas entre los escombros.
En un extremo de la plaza hay una estatua ecuestre de Francisco Pizarro —el que fundara la ciudad, también conocida como Ciudad de los Reyes, en 1535— y a otro lado, la Catedral, reconstruida tras el terremoto de 1746 sobre el edificio original de 1555. Aquí reposan los restos de Pizarro, el conquistador de Perú.
Vamos después a dar una vuelta alrededor de la plaza y nos sorprende la masiva presencia de policías en las calles. El camarero de un bar nos explica que tanta vigilancia es debida al aumento de la delincuencia por el desempleo.
Regresamos al hotel a recoger los petates para después ir a la estación de autobuses. Nos lleva un taxista muy simpático con el que nos reímos mucho. Según él, hay una relación entre la forma de pronunciar el gentilicio y la virilidad del que lo pronuncia. Así que, en broma, acordamos que a partir de ahora pronunciaremos “españoles” con voz ruda y profunda, no vaya a ser que alguno intente cogernos.
Sale el autobús a las diez y media y nos quedan por delante ocho horas de carretera y un puerto de 4100 metros de altitud que cruzar. Me dormiré al principio, pero después, en las numerosas curvas que permiten alcanzar el puerto, entraré en un duermevela pensando, primero, que el autobús va a despeñarse por el oscuro precipicio y segundo, que el mal de altura va a cogerme durmiendo desprevenido, asfixiándome indefenso en mi primer contacto con las elevaciones peruanas.

jueves, 26 de febrero de 2009

Viaje a la Cordillera Huayhuash, II

Aquí teneis la segunda entrega.

5 de agosto de 2002. 15:00h.
Partimos hacia Caracas en un Boeing 767/300, bimotor con capacidad para 263 personas que con el pasaje completo se dispone a cruzar el océano Atlántico.
La mañana ha transcurrido agitada desde que abandonáramos Getafe en el tren de Cercanías. Hay cierto grado de nerviosismo, natural para un primer viaje de estas características, pero que por otra parte se encargan de acrecentar Zoe y Pedro, que llegan tarde al aeropuerto y con el equipaje a medio empaquetar
Cuando estábamos a punto de pasar el control policial que da acceso a la zona de embarque, caímos en la cuenta de que portábamos armas blancas: tres navajas, dos cortaúñas, unas tijeras... Todo un arsenal con el que secuestrar el avión y que, por supuesto, no nos iban a dejar llevar en cabina, así que volvimos corriendo, con los nervios en aumento, a la taquilla de facturación para depositar todos los pinchos envueltos en el aislante de Zoe.
Raudos regresamos al control, que pasamos con los típicos contratiempos: hebillas metálicas, llaves, etc. Una dura agente de la Guardia Civil no les perdona a mis carretes de diapositivas una estimulante dosis de rayos X.
Una vez que accedimos a la zona de embarque, a las dos de la tarde, siguió aumentando la tensión: Pedro, que no se había traído los deberes hechos al aeropuerto, tuvo que ir a cambiar dinero, y Zoe se entretuvo más de lo necesario reorganizando su mochilita tras la revisión policial, de tan caótico que debió ser el estado en quedó su contenido. Entre una cosa y otra nos dieron las dos y media y en el instante en que por megafonía estaban dando el último aviso para nuestro vuelo entregábamos las tarjetas de embarque para acceder al avión.
Ya más calmados en la aeronave, que despega con media hora de retraso por esperar a unos pasajeros provenientes de otro avión —¡y para esto tanta carrera y tantos nervios!—, el Comandante nos informa que tenemos por delante ocho horas de vuelo hasta alcanzar Caracas. La mayor parte de ese tiempo discurrirá sobrevolando el océano Atlántico, ingente masa de agua oculta bajo un manto de nubes.
Enseguida nos sirven la comida y después la merienda, todo diminuto y excesivamente envuelto en bolsitas. Entre medias, lectura y charlas van amenizando el largo trayecto.
Llegamos a Caracas y al bajar por la escalerilla sentimos el roce de una calurosa humedad generada por las aguas del Mar Caribe. Aquí hemos de coger el avión que nos llevará a Lima.
En la sala de espera se percata Juan del olvido de un libro en el avión, precisamente el que Lara le recomendó y que yo le fui a comprar —y que debía tener ganas de quedarse a vivir en el continente que sus páginas describían, pues días después fue nueva y definitivamente extraviado en un autobús camino de Huaraz.
El nuevo despegue se suma a una lista que poco a poco irá en aumento, logrando que progresivamente nos habituemos a las desenfrenadas carreras por tierra de las aeronaves en busca de los cielos. El comandante informa que se hará escala en Guayaquil, segunda ciudad Ecuador y en la que se entrevistaron en 1822 el general argentino José de San Martín y Simón Bolívar para tratar sobre la liberación de, precisamente, Perú. Esta escala inesperada hace que se torne más largo el viaje.
Las azafatas de Aeropostal – Alas de Venezuela no son tan educadas como las de Air Europa. En cualquier caso, no trataremos mucho con ellas; la noche llega irremediablemente, a pesar de que el día ha alargado hoy su duración en seis horas, y con ella, el sueño.